Homilía del XX Domingo del Tiempo Ordinario Año A 2026
Introducción
¿Quién está
dentro y quién está fuera? Estas son preguntas con las que luchamos todos los
días.
En el patio
de recreo, los niños tienen que decidir quién estará en su equipo y quién no.
Para las fiestas de cumpleaños y las bodas tenemos que decidir a quién invitar
y a quién no.
También más
allá de la familia, la sociedad debe decidir quién está dentro y quién está
fuera. Durante una epidemia, por ejemplo, la cuarentena es básicamente una
decisión sobre con quién podemos asociarnos y con quién no. Los países tienen
que decidir qué extranjeros pueden ser admitidos y cuáles no.
Necesitamos
ayuda para tomar bien estas decisiones. Gracias a Dios, podemos recurrir a la
Palabra de Dios para indicarnos la dirección correcta.
Escritura y Teología
En la
primera lectura de hoy, Isaías ayuda al pueblo de Israel a luchar con este
problema de quién está dentro y quién está fuera. La lectura se sitúa después
del exilio del pueblo judío, cuando había aumentado la mezcla entre judíos y
extranjeros.
Los judíos
sabían que eran el pueblo especial de Dios, y se preguntaban: “¿Dios realmente
acepta también los sacrificios y las oraciones de estos extranjeros?”
Isaías
básicamente responde: sí, lo hace. Dios
acepta el culto de los extranjeros siempre que cumplan ciertas condiciones.
Como los mismos judíos, deben observar el día de reposo y obedecer los
mandamientos de Dios que se les aplican.
En otras
palabras, el criterio básico para pertenecer al pueblo de Dios no es la raza,
la nacionalidad ni el origen. Es la fe en Dios. Por eso, al
final de la lectura, Dios dice: “Mi templo será la casa de oración para todos
los pueblos”.
En el evangelio,
Jesús se enfrenta al mismo problema. Una mujer cananea, una extranjera y
pagana, le pide que cure a su hija. A
primera vista, parece que Jesús no quiere compartir las bendiciones de Dios con
los no judíos: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa
de Israel”.
Pero cuando
leemos atentamente este pasaje, y de hecho todo lo que Jesús dice en los
evangelios, sabemos que el tema es más complicado. Jesús está dando a esta
mujer la oportunidad de demostrar por qué ella, aunque extranjera, merece
recibir las bendiciones del pueblo de Dios.
Y ella está a la altura del desafío.
Primero,
responde con una gran confianza: si las sobras son suficientemente buenas para
los perros, seguramente Jesús tiene algo que ofrecer también a los extranjeros.
Pero, sobre todo, es su perseverancia y su reconocimiento de
Jesús como Señor lo que demuestra que posee la condición
esencial que Isaías había indicado: la fe.
Por eso
Jesús le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu
fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su
hija.
Vida cristiana
Al igual
que el pueblo judío de la época de Isaías, y al igual que los discípulos que
dijeron: “Despídela, porque sigue clamando detrás de nosotros”, también
nosotros podemos sentir la tentación de decirles a algunos: “Ustedes
están fuera”.
¿Cuál debe
ser nuestro criterio para incluir o excluir a las personas?
Permítanme
ofrecer tres principios.
Primero: como católicos, nuestra posición
diaria debe ser incluir. Eso es lo que profesamos cuando
decimos: “Creo en una Iglesia santa, católica y apostólica”. La palabra
“católica” significa universal. La Iglesia está llamada a reunir a toda clase
de personas, porque Dios desea salvar a toda la humanidad.
A veces
incluso debemos ignorar lo que parecen ser razones legítimas para excluir. Se
cuenta la historia de un hombre protestante que era el único no católico en un
pueblo rural. Cuando murió, no pudo ser enterrado dentro del cementerio
católico; así se hacían las cosas en aquellos días. Sin embargo, por consideración,
el párroco permitió que lo enterraran justo afuera de la cerca.
Años
después, su hija regresó para poner flores en la tumba de su padre. Pero para
su sorpresa, ya no podía encontrarla. Muy
enojada, fue a la rectoría y reclamó al párroco: “No solamente se negó a
enterrar a mi padre en el cementerio, ¡sino que ahora hasta ha destruido su
tumba!”
El
sacerdote le respondió: “Señora, no movimos la tumba de su padre. Movimos
la cerca del cementerio para incluir la tumba de su padre.”
Como
católicos, hemos aprendido a ser más inclusivos con nuestros hermanos no
católicos: protestantes, musulmanes y judíos. Como dice el Papa Francisco,
aunque discutamos nuestras diferencias doctrinales, debemos practicar un ecumenismo
de caridad.
Segundo: aunque nuestra posición normal debe
ser incluir, a veces debemos excluir. Pero cuando lo hacemos, debemos ser
guiados por criterios objetivos, no por
prejuicios. Debemos hacer lo que Martin
Luther King soñó para sus hijos: que juzguemos a las personas no por cosas
extrínsecas como el color de su piel, sino por el contenido de su carácter.
Por
ejemplo, si el tío Julio es un mal hablado, quizá podemos excluirlo de una
fiesta donde habrá niños. Pero no debemos excluir a alguien simplemente porque
es de otra raza, nacionalidad o religión.
En el
ámbito nacional, esto significa que nuestras políticas de inmigración deben
estar basadas en criterios objetivos como la seguridad, la necesidad de asilo y
la dignidad humana, y no simplemente en la raza, la nacionalidad o la religión
de una persona.
Tercero: a veces la exclusión es necesaria
por el bien de la persona excluida y por el bien de la sociedad.
Por
ejemplo, encerramos a los delincuentes para proteger a la sociedad y darles la
oportunidad de reformarse. En la Iglesia existe también la excomunión, que pone
a una persona temporalmente fuera de la plena comunión para ayudarla a
reconocer su error y arrepentirse. El Papa Leon lo hizo recentemente con el
grupo Leferbriano.
La
cuestión, entonces, no es simplemente si debemos incluir o excluir. La cuestión
es: ¿por qué estamos incluyendo o excluyendo?
Conclusión
Y entonces,
si Dios ofrece la ciudadanía del cielo a todos los que tienen fe en Él, ¿por
qué la negamos en nuestra sociedad terrenal a algunas personas?
Especialmente
nosotros, que estamos a punto de celebrar y recibir la Eucaristía, el
sacramento de la unidad, debemos preguntarnos:
· ¿Tengo, a sabiendas o sin saberlo, prejuicios contra personas que son diferentes de mí?
· ¿Actúo sobre esos prejuicios en lugar de pedirle a Jesús que me sane de ellos?
· ¿He guardado silencio ante actos de racismo, odio o prejuicio?
· ¿He hablado o actuado de maneras que denigran a individuos o grupos simplemente porque son diferentes de mí?
Hagamos
nuestra la oración del Salmo de hoy:
“Que
te alaben, Señor, todos los pueblos; que los pueblos te aclamen todos juntos.
Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero.”
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