About Me

I am a priest of the Archdiocese of Tororo, Uganda since my ordination on July 4, 1998. I am currently assigned as Professor of Theology and formator at Notre Dame Seminary in the Archdiocese of New Orleans, Louisiana.

Sunday, August 16, 2026

Homilia Ordinario 20A: ¿Quién está dentro y quién está fuera?

 Homilía del XX Domingo del Tiempo Ordinario Año A 2026



Introducción

¿Quién está dentro y quién está fuera? Estas son preguntas con las que luchamos todos los días.

En el patio de recreo, los niños tienen que decidir quién estará en su equipo y quién no. Para las fiestas de cumpleaños y las bodas tenemos que decidir a quién invitar y a quién no.

También más allá de la familia, la sociedad debe decidir quién está dentro y quién está fuera. Durante una epidemia, por ejemplo, la cuarentena es básicamente una decisión sobre con quién podemos asociarnos y con quién no. Los países tienen que decidir qué extranjeros pueden ser admitidos y cuáles no.

Necesitamos ayuda para tomar bien estas decisiones. Gracias a Dios, podemos recurrir a la Palabra de Dios para indicarnos la dirección correcta.

Escritura y Teología

En la primera lectura de hoy, Isaías ayuda al pueblo de Israel a luchar con este problema de quién está dentro y quién está fuera. La lectura se sitúa después del exilio del pueblo judío, cuando había aumentado la mezcla entre judíos y extranjeros.

Los judíos sabían que eran el pueblo especial de Dios, y se preguntaban: “¿Dios realmente acepta también los sacrificios y las oraciones de estos extranjeros?”

Isaías básicamente responde: sí, lo hace. Dios acepta el culto de los extranjeros siempre que cumplan ciertas condiciones. Como los mismos judíos, deben observar el día de reposo y obedecer los mandamientos de Dios que se les aplican.

En otras palabras, el criterio básico para pertenecer al pueblo de Dios no es la raza, la nacionalidad ni el origen. Es la fe en Dios. Por eso, al final de la lectura, Dios dice: “Mi templo será la casa de oración para todos los pueblos”.

En el evangelio, Jesús se enfrenta al mismo problema. Una mujer cananea, una extranjera y pagana, le pide que cure a su hija.  A primera vista, parece que Jesús no quiere compartir las bendiciones de Dios con los no judíos: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Pero cuando leemos atentamente este pasaje, y de hecho todo lo que Jesús dice en los evangelios, sabemos que el tema es más complicado. Jesús está dando a esta mujer la oportunidad de demostrar por qué ella, aunque extranjera, merece recibir las bendiciones del pueblo de Dios.  Y ella está a la altura del desafío.

Primero, responde con una gran confianza: si las sobras son suficientemente buenas para los perros, seguramente Jesús tiene algo que ofrecer también a los extranjeros. Pero, sobre todo, es su perseverancia y su reconocimiento de Jesús como Señor lo que demuestra que posee la condición esencial que Isaías había indicado: la fe.

Por eso Jesús le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Vida cristiana

Al igual que el pueblo judío de la época de Isaías, y al igual que los discípulos que dijeron: “Despídela, porque sigue clamando detrás de nosotros”, también nosotros podemos sentir la tentación de decirles a algunos: “Ustedes están fuera”.

¿Cuál debe ser nuestro criterio para incluir o excluir a las personas?

Permítanme ofrecer tres principios.

Primero: como católicos, nuestra posición diaria debe ser incluir. Eso es lo que profesamos cuando decimos: “Creo en una Iglesia santa, católica y apostólica”. La palabra “católica” significa universal. La Iglesia está llamada a reunir a toda clase de personas, porque Dios desea salvar a toda la humanidad.

A veces incluso debemos ignorar lo que parecen ser razones legítimas para excluir. Se cuenta la historia de un hombre protestante que era el único no católico en un pueblo rural. Cuando murió, no pudo ser enterrado dentro del cementerio católico; así se hacían las cosas en aquellos días. Sin embargo, por consideración, el párroco permitió que lo enterraran justo afuera de la cerca.

Años después, su hija regresó para poner flores en la tumba de su padre. Pero para su sorpresa, ya no podía encontrarla.  Muy enojada, fue a la rectoría y reclamó al párroco: “No solamente se negó a enterrar a mi padre en el cementerio, ¡sino que ahora hasta ha destruido su tumba!”

El sacerdote le respondió: “Señora, no movimos la tumba de su padre. Movimos la cerca del cementerio para incluir la tumba de su padre.

Como católicos, hemos aprendido a ser más inclusivos con nuestros hermanos no católicos: protestantes, musulmanes y judíos. Como dice el Papa Francisco, aunque discutamos nuestras diferencias doctrinales, debemos practicar un ecumenismo de caridad.

Segundo: aunque nuestra posición normal debe ser incluir, a veces debemos excluir. Pero cuando lo hacemos, debemos ser guiados por criterios objetivos, no por prejuicios.  Debemos hacer lo que Martin Luther King soñó para sus hijos: que juzguemos a las personas no por cosas extrínsecas como el color de su piel, sino por el contenido de su carácter.

Por ejemplo, si el tío Julio es un mal hablado, quizá podemos excluirlo de una fiesta donde habrá niños. Pero no debemos excluir a alguien simplemente porque es de otra raza, nacionalidad o religión.

En el ámbito nacional, esto significa que nuestras políticas de inmigración deben estar basadas en criterios objetivos como la seguridad, la necesidad de asilo y la dignidad humana, y no simplemente en la raza, la nacionalidad o la religión de una persona.

Tercero: a veces la exclusión es necesaria por el bien de la persona excluida y por el bien de la sociedad.

Por ejemplo, encerramos a los delincuentes para proteger a la sociedad y darles la oportunidad de reformarse. En la Iglesia existe también la excomunión, que pone a una persona temporalmente fuera de la plena comunión para ayudarla a reconocer su error y arrepentirse. El Papa Leon lo hizo recentemente con el grupo Leferbriano.

La cuestión, entonces, no es simplemente si debemos incluir o excluir. La cuestión es: ¿por qué estamos incluyendo o excluyendo?

Conclusión

Y entonces, si Dios ofrece la ciudadanía del cielo a todos los que tienen fe en Él, ¿por qué la negamos en nuestra sociedad terrenal a algunas personas?

Especialmente nosotros, que estamos a punto de celebrar y recibir la Eucaristía, el sacramento de la unidad, debemos preguntarnos:

·        ¿Tengo, a sabiendas o sin saberlo, prejuicios contra personas que son diferentes de mí?

·        ¿Actúo sobre esos prejuicios en lugar de pedirle a Jesús que me sane de ellos?

·        ¿He guardado silencio ante actos de racismo, odio o prejuicio?

·        ¿He hablado o actuado de maneras que denigran a individuos o grupos simplemente porque son diferentes de mí?

Hagamos nuestra la oración del Salmo de hoy:

Que te alaben, Señor, todos los pueblos; que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero.

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